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LA PARTITURA PROPIA Y EL PASADOR DE PAGINAS
Junto al pianista
David Leavitt
Anagrama, Panorama de narrativas, 232 páginas, 2000.
Publicada en La Nación con el título Lo que pude ser y no fue, 2000.
Una clasificación extrema de los temas literarios dice que sólo hay cuatro, de los cuales todos los demás son variaciones: amor, locura, homosexualidad y muerte. Esta clasificación, (y toda otra, no importa cuántos ítems quieran agregarse), depende de por lo menos dos presupuestos cuestionables: la de que los temas tienen cierta invariancia en el tiempo, la de que el futuro no agregará ni quitará nada a una supuesta esencialidad humana.
Pero la homosexualidad, por tomar el ejemplo que toca a este libro, es demasiado diferente en demasiadas instancias. Como observa Marguerite Yourcenar en su prólogo a la reedición de Alexis, o el tratado del inútil combate era un tema prohibido a principios del siglo veinte y cuarenta años después, ya excesivamente frecuentado, e incluso explotado. Y si no es lo mismo ser homosexual en la fóbica Inglaterra de Oscar Wilde que en el San Francisco contemporáneo, tampoco tiene mucho que ver lo que significaba la “inversión” para Arlt que para Gombrowicz, para el pacífico Walt Whitman que para el belicoso Mishima, señor de un ejército privado.
Pasada la sorpresa, pasado el milenio, ¿pasadas las censuras?, parecería lógico que las novelas sobre homosexuales se incorporaran naturalmente al mundo único de la literatura sobre la base simple y desnuda de sus valores literarios, saltando incluso sobre esos curiosos objetos postmodernos: las librerías de gays y de lesbianas. En Junto al pianista, de David Leavitt (Arkansas, Mientras Inglaterra duerme), esto parece al principio cerca de lograrse. El protagonista, Paul Porterfield, es un promisorio y ambicioso pianista de dieciocho años, con una dosis de cinismo juvenil, al que le conceden el honor de pasar las páginas de la partitura en un concierto de su ídolo, el célebre Richard Kennington. Hay una primera atracción entre los dos, que se concreta durante un segundo encuentro casual en Roma, adonde Paul viaja acompañando a su madre. La posesiva señora Porterfield, recién divorciada, no sólo no imagina que las únicas excursiones turísticas de su hijo en Roma son a la habitación del hotel cinco estrellas de Kennigton, sino que se propone seducir ella también al gran pianista, en una escena tragicómica, que se convierte en uno de los mejores momentos de la novela.
“Un día sin tocar lo notas tú, dos días sin tocar lo nota el crítico, tres días sin tocar lo nota el público”, le dice Kennington a Paul pasado el breve idilio y antes de reemprender sus giras. Este lugar común entre los concertistas parece adquirir un sentido más profundo cuando Paul vuelve a su vida para ingresar en la prestigiosa academia Juilliard y descubre que la “distracción” del amor, como una pieza movida erróneamente, tiene alcances imprevisibles. Es excelente el capítulo en que Paul vuelve a tocar para su vieja maestra y ella le confirma la verdad punzante que ya presiente. La novela alcanza su segundo gran momento cuando la parábola se cierra y a Paul vuelven a llamarlo para pasar las páginas en el concierto de un compañero suyo de academia que empieza a seguir –él sí- los pasos estelares de Kennington.
Desafortunadamente la historia pierde este eje en torno a la iniciación artística y en los últimos capítulos se dispersa en una serie de cuadros a veces divertidos y a veces banales sobre la vida gay neoyorkina, al estilo de las sitcom de televisión, incluyendo un capítulo sobre las reuniones de apoyo mutuo e intercambio de consejos, con abundante comida, que organizan las madres de clase media al descubrir la homosexualidad de sus hijos.